A 32º 31´ de latitud y 71º 28´ de longitud, al norte de Zapallar en la costa central de Chile, se emplazan estas casas, las que hemos llamado “casas del horizonte”.
Allí el océano Pacífico, contradiciendo su propio nombre, se bate sobre las rocas con fuerza y persistencia confiriéndole al paisaje una dinámica particular. El terreno, empinado 25 metros sobre el nivel del mar, goza de una vista amplia que se pierde en el horizonte del mar. En días claros se puede ver hasta la bahía del puerto de Valparaíso distante 60 kilómetros hacia el sur. A los extraordinarios atributos geográficos del lugar es justo agregar la presencia inmediata, por el costado norte, de un pequeño y bellísimo cementerio donde los pinos y las tumbas dispuestas a ras de suelo se funden con la geografía circundante.
Frente a esta suma de estímulos formidables que ofrecía el terreno, nos pareció evidente que el lugar reclamaba una decisión arquitectónica radical, que al establecer un nuevo orden en el paisaje no introdujera características que resultaran ajenas a la fuerza con que la naturaleza se manifestaba.
“Longitud” y “Magnitud” fueron los temas abordados desde el origen del proyecto como estrategia para integrarse a la sensibilidad del lugar; una longitud que abarcara el terreno y una magnitud que contuviera dicho paisaje.
La primera intervención sobre el terreno consistió en la construcción de dos amplias cavidades cuyas paredes de piedra son el eco de las rocas exuberantes que se despliegan frente al mar. Como resultado de esta operación surgieron espacios íntimos y protegidos sobre cuyos muros se posan las casas a modo de un puente. Estos patios nos refieren a un mundo primitivo donde los límites entre arquitectura y paisaje son difusos, mientras que los pabellones-puentes que cruzan el espacio y lo limitan hacia el mar nos refieren a un orden racional.










