Valdivia es una de las ciudades más hermosas del país. Ubicada en el sur de Chile, en los márgenes del río que lleva su mismo nombre, este puerto fluvial está rodeado por un entorno geográfico excepcional. A la selva fría y lluviosa que caracteriza a este paisaje austral, habría que agregar un conjunto de bellas islas en medio de los distintos ríos que convergen al principal, el río Valdivia.
Esta ciudad ribereña remonta sus orígenes al siglo XVI, dentro del proceso de extensión hacia el sur del nuevo territorio conquistado por España. Vestigio de ese período son las fortalezas, cuyos muros de piedra aún permanecen vigilantes ante el paso de las embarcaciones.
Por otra parte, existe un sinnúmero de magníficos ejemplos de arquitectura en madera y latón, testigos de un pasado esplendoroso impulsado por los colonos alemanes que en el siglo XIX se establecieron en la isla Teja.
Allí en la isla Teja y frente al centro de la ciudad está localizado el Museo de Arte Contemporáneo. Este solar era ocupado antiguamente por una industria cervecera que en 1912 fue dañada por un incendio, y que más tarde, en 1960, resultó destruida por un terremoto. Las ruinas que recuerdan la vieja fábrica consisten en dos magníficas salas hipóstilas, las que se han acondicionado en forma precaria para acoger exposiciones temporales.
La parcela del proyecto es hoy un plano disponible que se ofrece abierto y franco hacia el paisaje urbano al otro lado del río. La propuesta se constituye en un homenaje a las huellas impresas en el sitio (y que recuerdan la tragedia de 1960), construyendo allí las operaciones arquitectónicas mínimas que permitan consagrar el nuevo paisaje más cercano a la geografía que al esplendor industrial del siglo XX.
Entre la calle interior de la isla y el río, en una distancia de aproximadamente 200 metros, se propone un paseo urbano donde la ciudad se revela a medida que avanzamos hacia ella. El trayecto nos conduce hasta una plaza – mirador que se abre al alba y recoge el horizonte próximo de la ciudad. En esta explanada se funda la cubierta del Museo de Arte Contemporáneo, el paseo urbano y los jardines de la “Casa Anwandter”, magnífico ejemplo de la arquitectura local del siglo XIX que acoge en su interior al Museo Histórico y Arqueológico de la Universidad Austral.
El edificio propuesto se desarrolla principalmente entre el nivel del suelo de la isla y la cota más alta de las mareas del río. Las únicas construcciones inmediatas reconocibles desde la cubierta son el antiguo museo vecino y la cafetería del Museo de Arte Contemporáneo, dispuesta para recibir la vida de ambos museos y de la plaza.
La entrada al Museo se realiza a través de una rampa que desciende hasta un patio cuyos suelo y muros dan cuenta de la antigua cervecería allí existente. Al interior, la propuesta anexa las antiguas ruinas (salas hipóstilas), incorporándolas al recorrido y a las zonas de exposición. Las nuevas salas se han diseñado teniendo en cuenta que las nuevas concepciones plásticas requieren espacios claros y neutros. En los espacios dispuestos para la circulación, la geometría y la espacialidad más regular de las salas se liberan, para así privilegiar la emoción de la movilidad y revelar el paisaje del río y la ciudad.
Desde el frente urbano. El nuevo Museo aparece como una pieza de arquitectura que evoca las fortalezas de piedra construidas por los españoles en el siglo XVI. Entre la opacidad de los contrafuertes propuestos, emerge una roca de cristal de geometría quebrada, que derrama sobre el río su resplandor y revela un interior de muros, pilares y rampas de hormigón a la vista que protegen tras de sí las salas blancas y quietas para la exhibición.











