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Los  extraordinarios episodios geográficos que dan forma al anfiteatro natural de la bahía de Valparaíso,   junto a la manera  sensible con que el hombre fué domesticando ese territorio, han hecho de este puerto una de las ciudades más interesantes de Chile. El mosaico de edificios y colores que desciende por los cerros y se funde con el plano horizontal, en gran parte ganando al mar, conforman un manto continuo construido en el que destacan diversos edificios de gran calidad y nobleza, los que dan cuenta del esplendor  que vivió la ciudad hacia fines  del siglo XIX y  principios del siglo XX.

En 1915 la familia Zanelli, inmigrantes italianos quienes habían amasado  una fortuna en la minería del salitre en el norte de Chile, decidió construir una villa en uno de los solares más bellos del puerto. Este terreno, ubicado en un promontorio del cerro Alegre, desde donde se domina la bahía  y la actividad portuaria, se asoma como un mirador sobre el plan de la ciudad y la Plaza Sotomayor, el principal espacio urbano de la ciudad. Decididos a trasladar hasta esta “finis terrae”  formas y costumbres de su país natal, encargaron el proyecto a los arquitectos italianos Arnaldo Barison y Renato Schiavon. Ambos estudiaron  arquitectura en Trieste. Barison, mas inclinado a los temas técnicos, complementaba esta cualidad con Schiavon, destacado por su sensibilidad artística.

Lo que atrajo a estos jóvenes arquitectos hasta Chile fué la aventura que prometía la reconstrucción  de Valparaíso luego del devastador terremoto de 1906. Al llegar a estas tierras lejanas, el paisaje que los viajeros apreciaron desde la bahía sin duda les fué  cercano. Los cerros y el vacío de la plaza Sotomayor, puerta  de entrada a la ciudad desde el mar, les resultaría notablemente familiar con el de la plaza de Trieste y sus cerros dispuestos como telón  de fondo.

Palacio Barburizza